Pie y Humanidades
Sociedad Española de Medicina y Cirugía del Pie y Tobillo
Vol. 5. Núm. 5. Julio 2025
Simbolismo del pie en la pintura
Noche de verano. Gonzalo Bilbao
Prof. Andrés Carranza Bencano1 y Javier Soriano Vilanova
1 Catedrático de Traumatología y Cirugía Ortopédica
Figura 1. Noche de verano en Sevilla. Gonzalo Bilbao. 1905. Óleo sobre lienzo, 100 x 187 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala XIII. Donación de Doña María Roy (1939).
Con tantas olas de calor que nos están anunciando apocalípticamente los medios informativos, me viene a la mente este cuadro que pintó el gran artista sevillano Gonzalo Bilbao en lo que parece ser el verano de 1905 y que nos puede llevar a pensar, que en Sevilla siempre ha hecho calor en verano. Mucho calor. Y que esta era la forma de atajarlo: al fresquito y con abanicos en mano sin parar de mover el aire alrededor de la cara.
“Una noche de verano en Sevilla”. Así tituló su autor al óleo sobre lienzo, que se encuentra en la sala XIII del Museo de Bellas Artes de Sevilla, por si quieren visitarlo (Figura 1).
Nos traslada a una noche tórrida de verano de un corral de vecinos, que bien podría ser de Triana, la Macarena o del centro.
Una noche de verano, donde el señor Willis Haviland Carrier, acababa de inventar lo que a más de uno en Sevilla le ha salvado la vida, que no es otra cosa que el aire acondicionado.
Y bien y muy acertada es la queja, porque a este señor, todavía, no le han dedicado una calle en el extenso nomenclátor sevillano.
Pero en 1905 este invento, aún, no había llegado a nuestra ciudad y así se refleja en esta pintura costumbrista que describía con sus pinceles Bilbao.
Se trata de una escena nocturna en la que un grupo de personas de edades muy dispares aparecen durmiendo, al aire libre, recostadas en sillas y hamacas, bajo grandes árboles (Figura 2).
Figura 3. Detalle de la pareja.
Esta escena acontece bajo la luz de la luna, de la luna llena y dos faroles, uno en el centro de la composición y otro en el interior de la casa que aparece a través de la puerta entreabierta, plasmando con una pincelada suelta y rápida, en ocasiones algo empastada, los claroscuros, que dejan ver la sombra de los naranjos frente a la luz intensa de una luna llena, bañándolo todo de luz tenue, dejando entrever la acción que se produce.
Estos momentos se producían habitualmente en nuestra ciudad a diario en las noches de verano.
Típicas eran las noches de tertulia en las casapuertas, donde el que sabía leer, a modo de periodista de la segunda edición del telediario, leía las noticias de “El Correo de Andalucía” o “El Liberal”, departiendo las que se producían en la ciudad cada día, que eran comentadas por sus vecinos cada noche.
También donde la familiaridad del vecindario era cómplice de las alegrías y las penas de sus vecinos. Todo se compartía, desde la alegría de un nuevo nacimiento en el corral, hasta el dolor de la muerte por el patriarca fallecido.
Eran, en fin, noches de familia, de tomar el fresco a la luz de la luna y esperar, si cabe, la llegada de un nuevo amanecer, donde el rito diario era lavarse la cara en una palangana humilde, un café, si acaso, o achicoria recalentada y de vuelta a la fábrica o a sus quehaceres diarios.
En la imagen se ven que son felices con poco. Con la humildad que se desprendía en estos arrabales o corrales de vecinos.
A la izquierda del espectador, se observa entre penumbras la pareja celebrando su amor, “pelando la pava” (Figura 3).
A la derecha la familia que descansa al frescor de la noche, reposando sobre el suelo, retorciéndose sobre el respaldar de una silla de enea o en una hamaca, donde daban rienda suelta a sus sueños (Figura 4).
Figura 4. Detalle del lado derecho de la escena.
Figura 5. Durmiendo en una silla.
Figura 6. Durmiendo en el suelo.
Figura 7. Durmiendo en una hamaca.
En el centro, el patriarca, con gorra de marinero, nos observa con su chicote en la boca, para hacernos partícipe del momento. Parece que nos va a dar las buenas noches, con un galgo durmiendo a sus pies, símbolo de la fidelidad, que ya se utilizara en el medievo en las esculturas funerarias. Con su candil encendido a los pies, cuya luz no desentona frente a la luz blanca y potente de la luna llena. (Figura 8).
Una luna llena que bien podría ser de mediados de agosto, a la que ahora, les han dado por ponerles nombres raros, «la del ciervo», «la de sangre», «súper luna».
Gonzalo Bilbao investiga en esta obra el lado negativo en cuanto al color se refiere, dándole la vuelta a su paleta cromática.
Un pintor que retrata la luz sevillana, que pinta a esas cigarreras con una luz diurna que parece rivalizar con Sorolla cuando pinta la luz de las playas de Levante y en este caso, nos deja las sombras.
La poca luz que recibe la escena, la realza entre las sombras de la calurosa noche. Una escena pintada con colores fríos, que nos puede trasmitir frialdad en la escena con colores azules, que puede recordar al periodo azul de Pablo Ruiz Picasso, pero que realmente el espectador que se asoma al patio sevillano, sabe por su propia experiencia, que están pasando un calor infernal de una noche de verano.
Si pudiéramos escuchar la escena, solamente nos faltarían unos zumbidos de moscas y mosquitos sobrevolando a los personajes y multitud de grillos estridulando en orquesta sinfónica nocturna, frotando sus patas con las alas para dar el sonido característico de la calurosa madrugada sevillana y que tan bien imita mi amigo Juanito.
La destreza y maestría de Gonzalo Bilbao nos lleva a pensar en lo antónimo de la sensación, es decir, que con los colores fríos se puede representar el calor, ese calor que puede justificar las cefaleas de verano, que justifica que incluyamos este cuadro en la sección de Neurología.
Este calor, que según los expertos meteorólogos nos va a freír poco a poco y acabará con la humanidad. Esperemos que sea tarde. Muy tarde.
Figura 1. El milagro de las abejas. Valdés Leal, Juan de. 1673. Óleo sobre lienzo. 120 x 107 cm. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Sala VIII. Procede del Palacio Arzobispal. Adquisición de la Junta de Andalucía en 1990.
Con tantas olas de calor que nos están anunciando apocalípticamente los medios informativos, me viene a la mente este cuadro que pintó el gran artista sevillano Gonzalo Bilbao en lo que parece ser el verano de 1905 y que nos puede llevar a pensar, que en Sevilla siempre ha hecho calor en verano. Mucho calor. Y que esta era la forma de atajarlo: al fresquito y con abanicos en mano sin parar de mover el aire alrededor de la cara.
“Una noche de verano en Sevilla”. Así tituló su autor al óleo sobre lienzo, que se encuentra en la sala XIII del Museo de Bellas Artes de Sevilla, por si quieren visitarlo (Figura 1).
Nos traslada a una noche tórrida de verano de un corral de vecinos, que bien podría ser de Triana, la Macarena o del centro.
Una noche de verano, donde el señor Willis Haviland Carrier, acababa de inventar lo que a más de uno en Sevilla le ha salvado la vida, que no es otra cosa que el aire acondicionado.
Y bien y muy acertada es la queja, porque a este señor, todavía, no le han dedicado una calle en el extenso nomenclátor sevillano.
Pero en 1905 este invento, aún, no había llegado a nuestra ciudad y así se refleja en esta pintura costumbrista que describía con sus pinceles Bilbao.
Se trata de una escena nocturna en la que un grupo de personas de edades muy dispares aparecen durmiendo, al aire libre, recostadas en sillas y hamacas, bajo grandes árboles (Figura 2).
Esta escena acontece bajo la luz de la luna, de la luna llena y dos faroles, uno en el centro de la composición y otro en el interior de la casa que aparece a través de la puerta entreabierta, plasmando con una pincelada suelta y rápida, en ocasiones algo empastada, los claroscuros, que dejan ver la sombra de los naranjos frente a la luz intensa de una luna llena, bañándolo todo de luz tenue, dejando entrever la acción que se produce.
Estos momentos se producían habitualmente en nuestra ciudad a diario en las noches de verano.
Típicas eran las noches de tertulia en las casapuertas, donde el que sabía leer, a modo de periodista de la segunda edición del telediario, leía las noticias de “El Correo de Andalucía” o “El Liberal”, departiendo las que se producían en la ciudad cada día, que eran comentadas por sus vecinos cada noche.
También donde la familiaridad del vecindario era cómplice de las alegrías y las penas de sus vecinos. Todo se compartía, desde la alegría de un nuevo nacimiento en el corral, hasta el dolor de la muerte por el patriarca fallecido.
Eran, en fin, noches de familia, de tomar el fresco a la luz de la luna y esperar, si cabe, la llegada de un nuevo amanecer, donde el rito diario era lavarse la cara en una palangana humilde, un café, si acaso, o achicoria recalentada y de vuelta a la fábrica o a sus quehaceres diarios.
En la imagen se ven que son felices con poco. Con la humildad que se desprendía en estos arrabales o corrales de vecinos.
A la izquierda del espectador, se observa entre penumbras la pareja celebrando su amor, “pelando la pava” (Figura 3).
A la derecha la familia que descansa al frescor de la noche, reposando sobre el suelo, retorciéndose sobre el respaldar de una silla de enea o en una hamaca, donde daban rienda suelta a sus sueños (Figura 4).
Figura 3. Detalle de la pareja.
Figura 4. Detalle del lado derecho de la escena.
Figura 5. Durmiendo en una silla.
Figura 6. Durmiendo en el suelo.
Figura 7. Durmiendo en una hamaca.
En el centro, el patriarca, con gorra de marinero, nos observa con su chicote en la boca, para hacernos partícipe del momento. Parece que nos va a dar las buenas noches, con un galgo durmiendo a sus pies, símbolo de la fidelidad, que ya se utilizara en el medievo en las esculturas funerarias. Con su candil encendido a los pies, cuya luz no desentona frente a la luz blanca y potente de la luna llena. (Figura 8).
Una luna llena que bien podría ser de mediados de agosto, a la que ahora, les han dado por ponerles nombres raros, «la del ciervo», «la de sangre», «súper luna».
Gonzalo Bilbao investiga en esta obra el lado negativo en cuanto al color se refiere, dándole la vuelta a su paleta cromática.
Un pintor que retrata la luz sevillana, que pinta a esas cigarreras con una luz diurna que parece rivalizar con Sorolla cuando pinta la luz de las playas de Levante y en este caso, nos deja las sombras.
La poca luz que recibe la escena, la realza entre las sombras de la calurosa noche. Una escena pintada con colores fríos, que nos puede trasmitir frialdad en la escena con colores azules, que puede recordar al periodo azul de Pablo Ruiz Picasso, pero que realmente el espectador que se asoma al patio sevillano, sabe por su propia experiencia, que están pasando un calor infernal de una noche de verano.
Si pudiéramos escuchar la escena, solamente nos faltarían unos zumbidos de moscas y mosquitos sobrevolando a los personajes y multitud de grillos estridulando en orquesta sinfónica nocturna, frotando sus patas con las alas para dar el sonido característico de la calurosa madrugada sevillana y que tan bien imita mi amigo Juanito.
La destreza y maestría de Gonzalo Bilbao nos lleva a pensar en lo antónimo de la sensación, es decir, que con los colores fríos se puede representar el calor, ese calor que puede justificar las cefaleas de verano, que justifica que incluyamos este cuadro en la sección de Neurología.
Este calor, que según los expertos meteorólogos nos va a freír poco a poco y acabará con la humanidad. Esperemos que sea tarde. Muy tarde.







