Pie y Humanidades

Sociedad Española de Medicina y Cirugía del Pie y Tobillo

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Vol. 2. Núm. 2. Noviembre 2022

Farsa medieval.
Diálogo entre la Jervilla y el Borceguí

Dr. Juan José Zwart Milego

Miembro cesante de ASEMEYA (Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas)

A modo de introducción.

Pláceme dedicar este discreto ensayo a la Asociación Española de Medicina y Cirugía del Pie y Tobillo y al mismo tiempo pedir disculpas a los importantes estudiosos medievalistas que existen y han existido, por este batiburrillo de versos del romancero que he juntado para crear un argumento, obviamente un sinsentido con visos aljamiados. En mi descargo, si hay algo positivo, es que con su lectura espero se despertará el recuerdo de aquellos textos literarios que tanto nos deleitaban en la adolescencia y que vengo observando en la actualidad cómo octogenario, no siempre se les dedica el aprecio necesario.

Acabaré como los clásicos

Perdonar sus muchas faltas

Si queredes, señores, oír un buen solaz,
escuchat el romance, sossegados en paz:
non vos diré mentira en quanto en él yaz,
ca por todo el mundo se usa e se faz.
(Arcipreste de Hita).

Diálogo entre la Jervilla y el Borceguí


Por caminos polvorientos de herradura caminaban juntos la Jervilla y el Borceguí. Risueña ella, con voz cantarina que prometía alegrías, de tonalidades mudéjares; grave él, con voz cuyo eco resonaba en las peñas, de conquistador conquistado.

Extraña pareja, reflejo de la añeja cultura hispana, donde el boato del arabismo andalusi se funde y confunde con la altivez y estoicidad del hidalgo.

– Serás fidalgo pero yo soy jarcha, tu eres romance mas yo soy zegel. Si la hiedra trepa por tus muros, la rosa crece en mi vergel. Y si tus torres de Castilla taladran el cielo, nuestra Alhambra es parte de él.

De esta forma la Jervilla riente y bullanguera proseguía el camino rozándose en las estrecheces del sendero con el Borceguí, a cuyo leve contacto se erizaba el vello de su ajada piel.

Largo trecho transcurrió en silencio, alterado por el resbalar de las suelas por las duras peñas y el rodar de algunos cantos sueltos por la pendiente.

La Jervilla, al fin y al cabo mujer y morisca, no pudo contener el ansia de comunicación y con voz argentina y mohín de enojo simulado, entonó en algarabía:

Yo e’ra Mora Moraima
Morilla d’un bel catar;
Cristiano vino a mi puerta
Cuitada por me engañar(1).

El calzado, duro Borceguí de guerra, la observó por el margen del ojo sin que ella lo notase o por lo menos así lo suponía, que las féminas en cuestiones de amor son taimadas. Pero la Jervilla luciendo babuchas rojas de fino tafilete con bordados de hilos de oro y plata que imitaban curvos arabescos, seguía su canto con voz aterciopelada e insinuante:

Hermosura no la he,
Que gracia Dios me la dé(2).

Concedía el castellano: “razón tiene la moza, fermosura tiene y gracia le sobra”. Pero su recio temperamento curtido en lides fronteras no soportaba doblegar su orgullo ante la atrevida. Y acelerando el paso rechinó el golpear de las espuelas en el duro granito mesetario.

El caminar sigue ascendente por vericuetos inhóspitos del puerto montañés, donde a veces amaga una serrana el paso cansino del viajero desorientado para demandarle dinero y folganza.

Entre Torres y Canena,
Açerca de Salloçar,
Falle mora de Bedmar
Sanct Jullán en buen estrena.

Pellote negro vestía,
E lienços blancos tocaba,
A fuer dell Andalucia,
E de alcorques se calçava(3).

La Jervilla saltaba delante tirando del pesado y cansado Borceguí que jadeaba ante la cuesta abrupta. La Jervilla era joven, de carcajada fresca, con su piel elástica se adhería a las irregularidades del terreno; mientras el Borceguí era ya mayor, sobado, muy engrasado con sebo y remendado por diversos artesanos, que habían intentado con unas medias suelas devolverle el aspecto de sus años mozos.

La Jervilla aparentando ser poco caritativa le decía para estimular su espíritu y hacer surgir su idiosincrasia varonil:

– No me cojeras guerrero, inténtalo si puedes, yo soy joven y bonita; mírate, tu estás ya muy viejo y cansado.

Pero el Borceguí de guerra con correas que se trenzaban por la pierna, bragado en cien batallas de frontera, no se arredraba ante la muchacha y sus provocaciones. Contestó:

– Me ves así, decrépito y agotado, pero aún tengo arrestos para combatir en algaradas y racias. Si me quieres más joven y palaciego cambiaré mi vestir y me transformaré en otro.

La Jervilla le miro de hito en hito con expresión burlona y le respondió gesticulando como si danzara:

Los zapatos sin las suelas
Mal conservan a los pies;
Sin la cuerda las vihuelas
Hacen el son que sabés(4).

– No debéis dudar de que antes de cambiaros, precisaríais un buen baño para quitaros el sudor de la marcha y el polvo acumulado. Bañaos presto que apestáis como un galeote.

Se oía un rumoroso sonido provocado por un arroyuelo que pasaba cercano, de esos de poca agua y mucho frío, pues no en vano llevaban el agua del deshielo de las cumbres. La Zapatilla saltando ágilmente se introdujo en la fronda y despojándose de la ropa salvo un corto sayal de lino blanco y unos calzones moriscos atados a las corvas, que una vez mojados traslucía insinuantes sus formas, se introdujo prestamente en el agua que estando en pie sólo le cubrían hasta las rodillas.

El calzado, Borceguí a lo soldadesca, siguió detrás y en su pensamiento se ilumino las luz de la pasión al ver a la gentil mora, y mirando que necesitaba un buen baño que ha meses que no había usado, pues en las guerras y sitios no está el muy hombre bien visto para esos usos de infieles que quitan nervio al cuerpo y ablandan la mente; se desvistió rápido y como su pudor castellano le impedía quedar en cueros, se dejó los zaragüelles lo cual visto por la Jervilla estalló en una carcajada ruidosa, pues no era para menos pues componía una risible figura, su cuerpo blancuzco y velloso con un calzón que requería ser sustituido presto, pues era de temer que por los remiendos mostrase las partes nobles, nunca mejor nombradas. Entrando al baño el Borceguí a pasito, la Babucha salió presta.

Sin çarcillos nin sartal,
En una corta camisa,
Fermosura natural,
La boca llena de risa(5).

Una vez que el Calzado hubo salido del agua secóse tumbado sobre la hierba del margen de la vereda, contemplando a la Jervilla que socarrona le remiraba entornando sus negros ojos y meciendo sus largas pestañas. El Borceguí, ausente durante meses de sus lares, también la contempló con una dulce complacencia que se fue incrementando cuando notó su pequeña mano acariciar su piel desde el empeine a la puntera. El Calzado era austero, de sólida formación religiosa, desde infante educado en la estoicidad y el sacrificio,… pero hay situaciones tan embarazosas que no estaban previstas en su ideario y levantándose:

Tomárala por la mano, para un vergel se van;
A la sombra de un aciprés, debajo de un rosal,
De la cintura arriba tan dulces besos se dan,
De la cintura abajo omo hombre y mujer se han(6).

Una vez finalizado el escarceo, el Borceguí de recio y vejado cuero, abrió un hatillo que portaba colgando del mandoble envainado y apoyado en el hombro, extrayendo unos lucidos zapatos de fino cordobán datilado con lazo y pequeña hebilla áurea y los dispuso sobre unas calzas de suave velludo. Y el Calzado con su nuevo traje se rejuveneció, ganando en agilidad y prestancia, pues en contra del adagio de que el hábito no hace al monje, sí que lo hace, al igual que el uniforme al cruzado. Y la Jervilla al verlo quedó prendada, y al reír tenía ecos de una avecilla canora.

– Ven conmigo agarena, por mi serás desposada. En mis tierras serás reina, y brillarás en mi corte con el lujo nazarí decorando las sus salas y alegrarás mi vejez con tus bailes y tus zambras. A cambio yo te daré fidelidad, amor y seguridad castellana.

Siguieron el camino, frescos y relajados, la Jervilla cantarina y amorosa y el Calzado, ahora elegante y palaciego la seguía rejuvenecido.

“- Por tus amores,… cristiana me tornaría”
“- Yo, señora por los vuestros, moro de la morería”(7).

Se extendía la luz cansina del atardecer en la meseta con tonalidades rojizas en poniente como augurio de un buen día siguiente; cuando a lo lejos empezaron a divisarse altas torres almenadas, que al acercarse más bien parecía que duplicaban su alzada. Llegados al castillo al cruzar frente a la barbacana un vigía les dio el alto. Paróse el Borceguí airado y le dirigió duras palabras.

-¡Malandrin hijo de perra!, conocerás a tu rey que se perdió en la batalla. Suerte tienes de que regreso contento y acompañado de mi dama.

Como el avezado lector ha descubierto, el Borceguí y la Jervilla son formas figuradas, prosopopeyicas, aplicadas al antiguo Romancero, tratándose de una metáfora sobre el Rey Alfonso el VI de Castilla y León y de la bella andalusí Zaida su enamorada.

En sus mentes se gestaba el verso del cordobés Ibn Hazm.

Yo, ella, el vino blanco y la oscuridad(8).

Créditos de las imágenes


  • (1)MENÉNDEZ PIDAL, R. Flor Nueva de Romances Viejos. Romance de una morilla de bell catar. Ed- Espasa-Calpe. Buenos Aires. 1938.
  • (2)TIMONEDA, JUAN. Cancionero Sarao de Amor.
  • (3)MARQUÉS DE SANTILLANA. Serranillas. V.
  • (4)GÓMEZ MANRIQUE. Carta de Amores.
  • (5)CARVAJAL, ALFONSO DE. Poesía Cancioneril. Ed. J.M. Azáceta. Plaza y Jane. Barcelona.1984.
  • (6)ROMANCERO VIEJO. Ed. Juan Alcina. RBA editores. Barcelona. 1992.
  • (7)ROMANCERO VIEJO. Romance de Boldovino. Ed. Juan Alcina. RBA editores. Barcelona. 1992.
  • (8)EL COLLAR DE LA PALOMA. Ibn Hazm.