Pie y Humanidades

Sociedad Española de Medicina y Cirugía del Pie y Tobillo

Vol. 2. Núm. 1. Junio 2022

El soñador de pies (II)

Dr. Juan José Zwart Milego
Miembro cesante de ASEMEYA

A la memoria de mi buen amigo Ramón Viladot, grata persona con la que me unía una perpetua discusión sobre el valor de las humanidades en la forja de la mente humana y que han dado lugar a los presentes trabajos.


Mi amigo Santi aunaba dos carreras, la Filosofía y la Podología, sujeto del cual tal vez recordarán por mi escrito anterior que nos conocimos de estudiantes en Santiago de Compostela, tiempo ha, cada cual con su profesión, yo estudiante de Medicina y Santi de Filosofía y Podología, ciencias dispares pero él sabía compaginarlas, aficionado sobre todo a poner en solfa lo existente y lo por venir y a crear teorías sobre la filogenia de los pies. Para los amigos escucharle era un regocijo, pero debo aclarar que no siempre sus ideas eran tan descabelladas.

En sus divagaciones exponía sus teorías y hasta era sin reparo muy crítico consigo mismo. En los momentos en que estaba melancólico y con una buena dosis de bourbon, (¡amigo ojo, que sea de Kentucki!, decía!)  explicaba su poco éxito con el sexo femenino, era su sino, de niño se definía como un cornudo precoz y cronificado, precoz porque ya en el instituto de Enseñanza Media donde tonteaba con Lolines, mocita de orondo trasero que prometía una salida de la adolescencia gloriosa, está se le escabulló con otro compañero con mejores abdominales. También crónico, porque en su juventud derivaba de flor en flor, cursilada que significa que no se afincaba en ninguna, pues todas a las pocas semanas le abandonaban por otros con más dotes, ora físicas ora financieras. Porque si de cualidades intelectuales se trataba, estaba sobrado como profesor de filosofía carrera que siguió con éxito prometedor y con la de podología de la cual se sustentaba y que incluso había patentado una plantilla electrónica. Y en cuanto a las otras, ella sabría puesto que tenía su usufructo.

Pero un filósofo ama el saber y el pensar y el deducir y el convertir en silogismos y dudas todos los actos de su vida y esto le condicionaba tanto que su mujer al año de casados no aguanto más con tanto dilema y le abandonó por un obrero de la construcción sin duda bastante menos culto pero mucho más rudo y satisfactorio en sus actos, en especial domésticos.

Como he referido nos conocíamos desde la pensión compostelana y nuestra amistad con sus altos y bajos, acercamientos y alejamientos, peleas y discusiones de predominio retórico, hizo que fuese siguiendo de forma intermitente su trayectoria a través de los años. En nuestras espaciadas cenas que compartía por lástima de verle sólo, después de degustar ricos caldos de reserva (repetía ¡Ojo amigo, que sean Ribera del Duero!), acostumbraba a soltar su lengua con largas peroratas que cuando no me aburrían, hacían que me colocase a la contra, pero esto en vez de amilanarle le estimulaba más, como buen socrático, y acababa cansándome y deseando irme a dormir me escapaba alegando que al día siguiente tenía que madrugar, y él acababa en un soliloquio a veces con el camarero del restaurante que como es sabido acostumbran a hacer de confesores y psicoanalistas según modelo de las películas americanas de los años cincuenta.

- Sepa usted, - y se ponía solemne - que el amor no existe, no es más que una revolución hormonal, cuando un hombre a una mujer le decimos te quiero, debe traducirse como lo haría Schopenhauer: te quiero para el conocimiento, conocimiento en sentido bíblico. Hay varias palabras como amor que acaban en or y son mentiras de la civilización, pura abstracción para suprimir nuestros instintos más sabrosos y primarios, piense usted en el sentido de las palabras honor, pudor y valor; para honor véase a Calderón, para pudor a Fray Luis de León y para valor el dicho “tener más valor que el Guerra”, aunque otros no superan la lidia, porque en dicho de Rafael “El Gallo”:

“Las broncas se las lleva el viento y las cornadas se las queda uno”.

Nuestra relación fue distanciándose, las citas se fueron prolongando por mi parte y entre excusas, dimes y diretes le perdí de vista con sumo contento propio y de mi esposa, pues como buena gallega siempre pragmática y con el dicho vernáculo a punto murmuró: amiguiños sí, pero a vaquiñas por lo que vale[1] y me repetía que una amistad así no me convenía que acabaría deprimiéndome. Tenía razón, no era conveniente, pero ya se sabe que las esposas siempre odian a los amigos de antaño del propio marido, tal vez porque a saber y suponer que aventuras juveniles no habrán pasado o porque ellas le conocieron después y se sienten en inferioridad de condiciones en su influencia recíproca

- ¡…pero mujer, es que le conozco desde que llegue a estudiar a Santiago! - exclamé.

- No importa acabará influyendo en tu espíritu y a saber que pensamientos raerán tu cabeza, hasta puedes sentirte solidario con él y llegar a pensar que yo te engaño. - Una especie de síndrome de Estocolmo: el hombre engañado hace creer a sus amigos que todas las mujeres son iguales. Buen tema de conversación para las reuniones de solterones, viudos o presuntos cornudos en potencia.

Deje de verle y él se cansó de intentar comunicarse conmigo sin resultado pues intentaba hablarme constantemente; a mi secretaria di ordenes de que si llamaba el pelmazo de Santi dijera que estaba reunido, en la memoria de mi teléfono particular lo califiqué de proscrito y en los e-mail se archivó en correo no deseado. Hasta que un día le vi vigilando a la salida de mi oficina, desde entonces me marchaba antes o salía más tarde para evitarle.

Pasó más de un año largo y un buen día encontré en mi buzón un sobre de tonalidad marfileña a mi nombre y al de mi esposa con una invitación para su boda, sólo escribía unas líneas, “Me caso otra vez, he encontrado la mujer de mis sueños, es sudamericana, me dice “mi amor” juntando los labios en hociquito y está a salvo de las costumbres viciosas de las mujeres europeas”. Mi esposa y yo irrumpimos en unas sonoras carcajadas, lo que se dice: reír a mandíbula batiente o desternillarse, hasta que se nos saltaron las lágrimas de tanto reír.

- Pero será burro este Santi, lo que no imagina que su primera mujer no le abandonó por vicio sino por ser un plasta que la mataba de aburrimiento.

Como es lógico suponer no asistimos a la ceremonia, con otros matrimonios amigos sanamente casados lo comentamos en una cena ¡Santi se vuelve a casar! y fue motivo de jolgorio general y hasta hicimos apuestas, lo que coloquialmente se denomina una porra, a ver cuánto duraba su nuevo estado. Los más pesimistas un par de meses y los más benévolos un año, alguno hasta dudaba que fuese verdad.

Ninguno acertó pues duró cabalmente un mes. Treinta días de sufrimiento, celos e improperios. La moza resultó extremadamente conocedora de varón, perdón varones en plural, con muchas horas de planchar sábanas y ya a la semana del sacramento un día que volvió a su casa de forma inesperada pues el avión que tenía que llevarle a Beirut por motivos de trabajo no pudo despegar por huelga de controladores, se encontró el dormitorio ocupado por un cubano in puribus, de dentadura muy blanca y piel muy morena, vulgarmente sin paños menores, que encima le espetó a su mujer o sea la de Santi: “ - ¡María! ¿Quién es este hombre?”

Mi amigo agacho la cabeza hundiéndola entre los hombros, el clásico ademán de fracaso, de hundimiento moral o por el peso de los aditivos frontales, se dirigió apesadumbrado abriendo la puerta de la calle. En el descansillo recapacitó y como buen filósofo hizo un juicio de intenciones: “Ella me ha engañado, pero era buena, él es el culpable que la ha pervertido”. Puede entenderse claramente que mi amigo estaba lo bastante trastornado como para creerse la conclusión a la que había llegado. Se dijo “Ergo merece un castigo”.

Se dio la vuelta, volvió sobre sus pasos, escarbó con el pie en la alfombra con un gesto de bravo animal en el ruedo antes de arrancar al trapo y le estrelló una figura de alabastro (horrible regalo de bodas de su suegra) en los aledaños de la zona púbica que hizo dar al sujeto un alarido de dolor y oír a la mujer de mi amigo, que en su deleite no se había dado cuenta de su regreso decirle dulcemente al amante “¿Gozas, mi amor?"

De todo me enteré mucho más tarde un día que de forma inesperada nos cruzamos en la calle cuando ya le tenía olvidado. Alguien me toco la manga del abrigo y allí estaba él mirándome con una amplia sonrisa y posteriores golpeteos en mi espalda en señal de vieja amistad.

- ¡Ismael menos mal que te encuentro!, no hay forma de contactar contigo, parece como si no quisieras verme, que me rehúyes ¿dime que estoy equivocado? Vamos, te invito a cenar pues tengo mucho que contarte.

No supe decirle que no, mi mujer siempre me dice que soy flojo de espíritu y que fácilmente me dejo convencer. La verdad es que no era así, sino que comprendí que si no le acompañaba era capaz de meterse en mi casa y entonces no habría forma de sacarlo.

En el restaurante me endilgó los hechos ya relatados sobre su matrimonio y desengaño.

Es común el pensamiento de que los antiguos amigos siempre son los mejores porque han resistido el paso del tiempo; mi opinión difiere pues también siempre acostumbran a ser los más pesados, ora si les ataca nostálgico y nos recuerdan los tiempos de antaño, las locuras de juventud que muchas veces es mejor olvidar, ora si con espíritu triste y confidencial, nos relatan sus aflicciones del presente y sus enfermedades y enumera las pastillas que toma.  Pero como en la ley de Murphy lo peor está por venir, es el colmo cuando lloran en nuestro hombro lamentándose de que su mujer les ha abandonado.

Me refirió la historia de su nuevo fracaso matrimonial, pero en contra de lo que suponía su cara no estaba triste y se fue animando durante el relato, siendo al acabar francamente jovial pues si en un principio se sintió muy ofendido no fue por el acto en si sino porque no se esperaba ser engañado tan pronto. Con su mente filosófica había llegado a la conclusión de que al atizar a su oponente con la estatuilla había formado una figura retórica, un oxímoron, es decir uniendo contrarios: el goce del dolor.

- O el dolor del goce – le contesté aburrido de su sandez. ¡Horror! Mi contestación revirtió en mi contra pues empezó con una nueva disquisición de si lo primitivo y causal era el dolor o el goce.

Bostezando intenté levantarme sin haber llegado a los postres alegando que tenía trabajo pendiente, pero fue imposible pues se aferró a mi brazo con la intención de contarme un problema que tenía y conocer mi docta opinión. Lo de docta me soliviantó pues claramente comprendí que al alabarme me iba a contar otro desatino.

Repito, empezó a contarme que en sus noches en claro cuando con los ojos abiertos e insomnes miraba sin ver la oscuridad del techo, al igual que algunos cuentan ovejas, él contaba pies y piernas de mujer que en su imaginación desfilaban de forma inagotable ante sus ojos, mentalmente se entiende, a las cuales no se les veía el cuerpo: era un desfile de extremidades inferiores, eso sí todas era bellas, representaban a bailarinas de ballet clásico en una danza perpetua (Figuras 1 y 2). Otras veces en su ensueño eran pies inquietantes calzados con zapatillas blancas de baile danzando sobre las puntas de los pies, le recordaba la danza de los pequeños cisnes agrupados en la obra clásica del compositor ruso Tchaikovsky (Figura 3). Otras noches el sueño podía cambiar era más colorido desfilaba sin poder parar en trepidante ritmo unas zapatillas rojas que había encantado un mágico zapatero (Figura 4). Había noches en que sus sueños eran más descansados, se le aparecían los cuadros sobre bailarinas de Degas que parecían ingrávidas palomas levantando el vuelo sobre unos pies forzando de forma inverosímil el equinismo.

 

Figura 1

Figura 1. La lección de baile (1881). Cuadro de Edgar Degas, Pintor impresionista francés, nacido en París 1834-1917. Museum of Art of Phildelphia.

 

Figura 2

Figura 2. Detalle del anterior. Véanse distintas posiciones de los pies.

 

Figura 3

Figura 3. El lago de los cisnes. Tchaikovsky, compositor ruso (1840-1893). La imagen muestra a los pequeños cisnes sobre las puntas de los pies y en perfecta sincronía de movimientos.

 

Figura 4

Figura 4. Las zapatillas rojas. Cartel de la película de 1948, basada en un cuento de Andersen.

 

Aburrido de sus divagaciones y arrepintiéndome de haber accedido a aquella cena, le contesté de forma desabrida que era un erotómano vulgo salido y como dirían las mujeres: los hombres siempre están pensando en lo mismo. Pero él riendo sonoramente y dándome la razón se defendía diciendo que de esa forma se dormía muy a gusto y sus sueños eran más alegres y su despertar más conforme para empezar el día de aburrido trabajo. Total, le contesté que fuese a un psicoanalista freudiano que le haría una sabrosa interpretación.

Di la comida por terminada y a pesar de que yo era el invitado, al finalizar la cuenta tuve que abonarla de mi bolsillo, pues como siempre mi amigo alegó el viejo truco de que olvidó la cartera en su casa pero que el siguiente día el pagaría. Contesté que no se preocupase y en mi interior pensé que lo apuntaría a pérdidas pues desde luego no volvería a reunirme con él.

Volvió a pasar el tiempo y esta vez no hubo encuentro a pesar de que en dos ocasiones casualmente le vi por la calle, pero a tiempo pude esconderme en un portal hasta que se perdió entre la multitud.

Pasaron varios años y volvieron a repetirse los mismos hechos anteriores, el correo me hizo llegar un sobre certificado de papel manila con un matasellos de un país asiático. El sobre era vulgar y dentro no había ninguna tarjeta de invitación, una simple hoja arrancada de un bloc, su letra oblicua era temblorosa y decía:

“Querido amigo:

Te extrañarás de mi ausencia de noticias durante tanto tiempo, trabajo en un instituto de China como profesor de español. Vuelvo a casarme. Esta vez es la definitiva, no hay nada como las mujeres asiáticas, amantes, hacendosas, sumisas, con una fina belleza en sus ojos orientales. Esta vez no será como en las anteriores bodas pues conozco que tiene un amante de antes, pero ellos no saben que yo lo sé, con lo cual se invierten los términos y el cornudo es el amante.

Un abrazo. Santi.”

Con mi esposa y amigos en una de esas cenas donde se busca únicamente el jolgorio y la sana alegría, leí la carta y se escuchó una carcajada unísona, que brotó como un festival de cohetes en una fiesta de barrio.

No volví a saber más de mi amigo. Un día me llamaron del consulado chino para comunicarme que tenían un paquete para mí. Con extrañeza y curiosidad acudí, no era más grande que una caja de zapatos, me informaron que pertenecía a un ciudadano español fallecido en Pekín sin familia y la única dirección que encontraron en una agenda era la mía, por lo que pensaron que me interesaría. Contenía tres libros: “El amor, las mujeres y la muertede Schopenhauer, “La perfecta casada de Fray Luis de León, y un compendio de tres obras teatrales de Calderón de la Barca sobre amor y celos, “El pintor de su deshonra”, “Casa con dos puertas mala es de guardar” y “El mayor monstruo los celos. Al leer los títulos ya podía deducirse por donde iban sus pensamientos. Aparte había una vieja foto amarillenta y con los bordes carcomidos en la cual aparecíamos todos los huéspedes de la pensión coruñesa, era la foto de un fin de año en la que incluso aparecía la patrona Doña Angustias. ¿Cuántos quedaríamos de aquel grupo? Con un deje nostálgico rompí la foto arrojándola a la papelera. A veces es mejor borrar recuerdos-

Santos de tanto casarse, descasarse, buscar pareja, cambiar de mujer y el fiero paso de los años que no perdonan, acabó con su salud, muriendo en un país extranjero y solo. Si no predestinación o Karma, llámesele como se quiera, pero hay gentes que arrastran el gafe de por vida y mi amigo era uno de ellos.

 


[1]Amiguiños si, pero a vaquiñas por lo que vale, traducido: amiguitos si, pero la vaquita por lo que vale. Indica que amistad e intereses son distintos.


Fuente de las imágenes


 

 

 

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